22 jun. 2018

El regreso de la Reina Susan- Reto 3/52 de escritura 2018


Habían pasado cinco años desde que Susan Pevensie había perdido a su familia en un tren de Inglaterra, cinco años en que ella no quería seguir viviendo y por eso estaba al borde de lo alto de un puente, deseando tirarse al agua.
Olfateó el aire y cerró los ojos antes de saltar, pudo sentir el viento mientras caía pero nunca sintió el golpe.
-Susan- dijo una voz potente haciéndole abrir los ojos- ¿Qué crees que haces?
Aslan estaba frente a ella, imponente como siempre, su melena parecía incluso más dorada.
-Yo…no quiero una vida sin ellos- dijo bajando la cabeza y agachando más sus peludas orejas de ser posible.
- Entonces ve con ellos– dijo el león caminando dentro del bosque.
Susan lo siguió moviendo su pequeña colita de cocker spainel inglés.
Fuera del Cair Paravel corrían tres cocker al ritmo del viento con las lenguas afuera.
-       ¡Peter, Lucy, Edmund! – grito Susan al verlos corriendo hacia ellos
Los tres cocker se voltearon a verla y corrieron hacia ella con alegría mientras ladrabn.
-¡Susan, Susan, Susan!- decían al tiempo- ¡Estás aquí!
Susan los abrazo a los tres para luego sentarse a hablar sobre las anécdotas de sus vidas.
-¿Te quedarás está vez?- preguntó Edmund
-¡Quédate con nosotros aquí! – chilló Lucy
Susan asintió y recibió un lengüetazo de su hermana menor.
-¡Esta bien lo haré!- dijo entre risas.
-Bienvenida entonces- sonrió Peter por tener a su hermana de vuelta.



22 may. 2018

LA TIERRA DEL OLVIDO - RETO 2 (52 Retos de escritura para 2018)

Una chica de trece años observaba la ventana de un autobús mientras sus recuerdos escribían en las nubes que cubrían el cielo azul las razones por las que se quería marchar.
La paranoia juvenil le decía que la querían asesinar, había sido un sábado normal entrando al apartamento de su padre con un gran obsequio para el día del padre y muchas ilusiones sobre la marcha, abrió la puerta y fue halada del brazo con brusquedad hacia dentro mientras la puerta se cerraba de un golpe.
-¿Pap…?- comenzó a decir antes de que le torcieran la mano y su rostro hiciera un gesto de dolor, el hombre frente a ella empuño lo primero que encontró a mano y lo alzó hacia ella, el golpe de un gancho de colgar ropa cayó en su rostro mientras él gritaba cosas que ella apenas entendía. Lo observo con miedo y terror mientras la caja en que llevaba el obsequió caía al suelo.
-¡Quédate aquí!- gritó zarandeándola mientras la chica deseaba y fallidamente intentaba salir corriendo.  El hombre dio media vuelta y entro a una habitación donde se escuchaba como el sujeto gritaba y golpeaba a la que se oía como su novia.
La niña que seguía en la sala-comedor jadeo y tomo su celular para llamar a su madre, quién aún se encontraba fuera del edificio, pero la llamada se fue al buzón.
-¡¿Qué crees que estás haciendo?!- le grito el hombre que estaba de vuelta en la sala tomándola con tanta fuerza en el brazo que le hacía daño- ¡eres igual que todas esas mujerzuelas!- dijo mientras la golpeaba contra la pared- ¡No vas a salir de aquí!
La niña lo observo asustada, jadeando y con los ojos llenos de lágrimas mientras él volvía a la habitación inundando el pequeño apartamento de insultos. Tan pronto se marchó tomo la llave y abrió la puerta para correr al pasillo pidiendo ayuda mientras el sujeto del apartamento la seguía de cerca, pisándole los talones, hasta llegar al balcón que conectaba con las escaleras donde la alcanzó y comenzó a soltar improperios interrumpidos por el sonido de un móvil.
-¿Diga?- contestó él- todo está bien, puede irse para la casa.
-¡No! ¡Auxilio!- dijo la chica antes de soltar una queja al recibir otro golpe. Él colgó el celular y la observo con enojo mientras la arrastraba al apartamento.
-¡Basta!- dijo una tercera voz femenina haciendo que ambos se voltearan a ver a la madre de la niña quien había subido el único piso probablemente a saltos y ahora jadeaba.
-¡Largo!- grito el hombre dándole un golpe para luego empujarla por las escaleras.
-¡mamá!- grito la niña corriendo hacia ella.
Luego todo paso muy rápido, ambas mujeres, bueno, madre e hija corrían por el centro de una perdida ciudad en Macondo mientras el hombre las seguía pisándole los talones.
Cuatro cuadras después estaban en una estación de policía siendo levemente interrogadas por dos policías que se reían entre ellos al escuchar lo que una adolescente y su madre tenían que decir, sin ser creídas por nadie, sin ser tomada en cuenta la sensación de inseguridad, miedo y desconfianza que recorría su cuerpo cuando mirada al hombre que se hacía llamar su padre.
-Ja! Esa mujer llego a dañar la armonía de mi hogar!- dijo el hombre del apartamento observándolas con una sonrisa triunfadora.
Luego de una muy larga discusión a la que la chica y no deseaba poner atención, o tal vez había olvidado recordar, él se fue de vuelta a su apartamento.
La chica observaba las nubes aterrada aun mientras recordaba porqué deseaba salir del perdido Macondo. 

9 mar. 2018

52 RETOS DE ESCRITURA 2018- Noche Embrujada.


Era una noche fría y el bosque lucía aterrador, caminaba en medio del césped y  tierra cuando encontré en medio de la nada una pequeña cabaña de madera de la que salía un delicioso olor a chocolate caliente, decidí acercarme, un poco perdida, a pedir indicaciones.
Toque la puerta varias veces antes que una amable anciana la abriera y me sonriera con la mitad de sus dientes y unos ojos azul oscuro.

-¿En qué te puedo ayudar, jovencita?- dijo dejándome lugar para pasar.

-Me he perdido, ¿sabe usted como llegar de vuelta al pueblo?- pregunte no deseando entrar y mirando con miedo de vuelta al bosque.

-¡Es una noche muy fría, niña! – dijo tomándome del brazo e instándome a entrar para luego cerrar la puerta- ¡Pasa, pasa y te daré algo caliente!

-Está bien, muchas gracias- dije entrando a la cocina de donde salía un delicioso olor.
La anciana entro cerrando la puerta de la cocina la cual soltó un agudo chirrido.
-¡Siéntate!- ordenó halándome hacia la silla, ella se dirigió hacia la cocina donde aún estaba el chocolate en la jarra.  
La observe tomar la jarra en cuanto sonó un fuerte trueno desatando la tormenta, la anciana sirvió el chocolate mientras se apagaban las luces de la casa.

.-¡Oh, no te podrás ir con este clima, te quedaras aquí conmigo!- dijo entre risas agudas que me pusieron los vellos de punta.

-¿No estamos cerca del pueblo?- pregunté antes que se escuchara en algún lugar los aullidos de alguna manada de lobos.

-No, para nada- murmuro encendiendo las velas sin utilizar los serillos, me observo por un segundo colocando los pocillos y platos sobre la mesa- Tendrás que quedarte- se rio de forma aguda buscando algo en uno de sus cajones.

Suspiré mirando la lluvia cesar por la ventana, la anciana sacó un cuchillo del cajón y me apunto.
-Te quedarás- dijo con una mirada que asustaría a cualquiera, luego se acercó a mí alzando el cuchillo, se escuchó un nuevo aullido y ella soltó una carcajada, acto seguido, le echó la mantequilla al pan.

-Si- respondí resignada.


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Esta es mi adaptación de una historia que me contaron hace 17 años, me gustó tanto que se ha convertido en mi favorita. 

15 ene. 2018

La próxima batalla.


Concepto gráfico tomado de Christian Schole

No importa cuántas balas de amor tengas en el corazón.  Todo es distinto en la guerra con la soledad.
Pero no esa soledad de estar sola, sin gente cerca; sino una peor, una fría en la que se está falsamente acompañado, en la que no cuentas con nadie aunque haya gente a tu alrededor. Sí, ese siempre fue mi mayor temor.
Lo aprendí en la guerra, en la guerra que llevo con mi alma. Por eso dejo la puerta abierta en las noches y espero sentada, resignada, moribunda, sintiéndome vacía de a poco, notando como sólo vienen cuando me necesitan y se olvidan de decir “gracias”.
Finjo que no importa, porque yo no tengo a quien buscar cuando la sangre gotea de mis venas al asfalto. Porque la persona que me escuchaba desapareció en un vaho de humo en una noche de abril.
Porque tuve que volver a levantarme sola directamente del infierno.  Muerta de miedo, asustada del terror, sola con mi soledad.
Dando por perdida la batalla y  preguntándome ¿Qué estoy haciendo aquí?.
Como siempre, como era de esperar, recibí una señal, una respuesta de que soy aunque sea un poco especial.
Me sacudí las cenizas del infierno y tomé una ballesta para pelear contra las sombras. Decidí volver de mi inframundo personal cuando me enteré de que yo era quien traía luz a sus momentos de oscuridad.
Por gente como tú es que no he muerto.  Porque la gente que hace especial mi mundo, es la que ilumina mi propio infierno, quienes mantienen la esperanza latiendo en mis venas, y el amor haciéndome reír ante el éxito de la próxima batalla.
Porque no se puede atacar desde las sombras, porque ahora veo que siempre estuve del otro bando.

28 ene. 2017

Allí otra vez


Allí otra vez, en el borde de la locura que rebosa mi alma me encuentro yo fantaseando contigo, con tus labios y los besos que no me has dado, con tus manos y las caricias que aún no se me han negado, con tus brazos y los abrazos que tanto he anhelado. Aquí estoy, dándole vueltas al jardín en el que tengo tu pedestal, girando sobre mí misma entre risas tontas mientras pienso en ti y observo la luna, la única testigo de mis sueños.
Dándole vueltas en la cama a esa idea extraña que tengo sobre tu mirada que guarda mi único secreto. Entre los apuntes de mis libros encontré una carta para ti que jamás te di. Entre los sueños me refugie pensando en ti.
Pensando en los kilómetros que nos distancian y los milímetros que nos unen, pensando que eres tan real como todos los personajes de ficción sobre los que he leído, posiblemente ya te habré idealizado cien mil veces más de las que he intentado contar tus defectos para no pensar demasiado en ti de la forma incorrecta, si es que hay una correcta forma para pensar.
Al borde de la locura en la que nada mi alma, me encuentro yo, recordándome que estoy sola en este barco, que todo lo he inventado, que tú, allá en un mundo lejano, no percibes ni la mitad de lo que siento, que esto es tan platónico como amar al mismísimo Eros.
Vivo soñando contigo e intento no decirlo, vives evadiendo mis preguntas y confundiéndome cada instante más, jugando en la cuerda floja en la que estoy por andar en las nubes como de costumbre, olvidándome de ver por donde camino, de ver por donde piso.
Le confesé que me gustaba, durante todo ese tiempo, juré que nunca me gustaría, pero lamentablemente también juré solemnemente que mis intenciones no eran buenas; Eros descendió del cielo para quitarme la flecha que hace tanto me había lanzado, alejándome un poco de aquella tortura diaria, de la comezón que tanto me molestaba. Repase con lentitud la cicatriz que la flecha me había dejado, la minúscula herida de amor que estaba en mi corazón por la cual se había metido su aroma hasta mis huesos. Ya había dejado de molestar, la cámara de los secretos se había abierto y aquel secreto se había evaporado de mi corazón y había volado no muy lejos, no tenía nada que temer, después de todo “no hay pecado en enamorarte de alguien” dijo alguna vez un cazador de dragones y corazones, y si lo llegaba a dudar ¿Alguna vez alguien ha visto un dragón?
Espere una respuesta que sabía que nunca llegaría, sonreí al comprobar cuan acertada estaba, agache la mirada mientras seguía de largo con menos peso, con el alivio de quien ha confesado sus más grandes demonios, con la tranquilidad de haber dicho la verdad me aleje para otórgame el espacio que necesitaba, para asimilar las ideas que inundaban mi cabeza, sin querer, pero queriendo, ignorando al mundo, aun así, a él, porque había mucho que pensar, además de las últimas palabras dichas.

Las horas habían pasado y podría jurar que por primera vez en un tiempo estaba en calma, una calma sentimental capaz de manejar el resto de las cosas demasiado bien, porque después de todo, descubrí que yo no esperaba una respuesta, solo quería manifestar un hecho que se había incrustado en mi pecho interrumpiendo mi respiración habitual, como una gran estaca que impide el flujo natural de la sangre, ahora solo estoy llena de tranquilidad y calma, tan liviana como una pluma; respire hondo y con una sonrisa respondí la última llamada de Eros mientras pensaba travesura, realizada. 

13 sept. 2016

Atorado en mi piel


Para mí, Elsa y Elmar
Lo tenía atorado en la garganta desde hacía meses y eso era lo que más le sorprendía y aterraba, no sabía bajo qué extraño influjo lo había dejado salir, diez palabras, una frase y un solo sentimiento que amenaza con destruir su interior en cualquier momento. Lo había dicho tan espontáneamente, como si de un juego se tratara, pero en el fondo siempre supo que si no lo decía pronto se asfixiaría con sus propias palabras.
Al decirlo pude sentir el alivio de quien confiesa una enorme verdad, no espere nada, no conscientemente, pero mi voluntad me llevaba a esperar una respuesta como si la necesitara para existir, ¿o la necesitaba? ¿Acaso de que le iba a servir? Lo cierto era que temía esa respuesta como un niño pequeño temé el sermón de sus padres luego de cometer alguna travesura, yo había ahogado el celular en un mar de almohadas y había decidido viajar a un mundo donde no me alcanzara la realidad.
Quise recordarme los motivos por los que estaba donde me encontraba, pero solo me llevaba a pensar que todo esto era absurdo, totalmente contradictorio porque no era lo que quería o más bien lo que estaba buscando, porque había querido ocuparme únicamente de mí, tal vez por egoísmo o por no otorgarme tiempo en el pasado.  Me aterraba el darme cuenta que después del simple interés y la curiosidad llegara la admiración seguida de una atracción y un gusto extraño por una persona que relativamente acababa de conocer, me aterraba el notar que tenía sentimientos que tontamente creía desechados en el baúl del recuerdo por un largo tiempo.
Luego de esperar la respuesta que jamás llegaría decidí que podía sentir lo que sentía aunque fuera o no correspondía porque tenía la libertad para hacerlo y una simple respuesta no podría cambiarlo, seguiría sonriendo al ver un mensaje o la llamada entrante, seguiría imaginándome su rostro frente al mío y esa sonrisa que me transportaba a algún lugar jamás descubierto.
Y ahora, un mes después de su indirecta respuesta, enviada con Hermes desde su lugar desconocido, no puedo evitar releerla una vez más para sonreír lo más grande que puedo con cada palabra, frase, ocurrencia. No era lo que esperaba, tampoco es que lo entendiera del todo, pero me limitaba a dejarlo estar porque así me hacía más fácil las cosas, el pequeño guiño escrito a mi vida me hizo notar que estaba completamente perdida, no había vuelta sobre mis pasos, había un sentimiento que no podía ignorar y terminaría matándome uno de estos días, uno que se me salía cada vez que me hablaba y me obligaba a morder deseando con el más ferviente deseo que no lo hubiera escuchado y maldiciéndome por dentro por ser tan débil.
Porque después de todo esa pequeña nota había aportado un granito de felicidad de valor incalculable a mi vida como muchas cosas suyas, tal vez cosas que él no habría notado, como una sencilla sonrisa o el hecho de intentar convencer de que era buena en un juego para el que no había nacido, y es que yo jamás he tenido buena puntería, estaba tan segura como lo estuve al observarlo durante toda una era del hielo mientras de fondo escuchaba las frenéticas palpitaciones de mi corazón en un deseoso anhelo de salir y huir del lugar inmediatamente y una película que en otra ocasión me hubiera interesado.
Un sentimiento que tal vez pertenecía más a alguna canción de Pedrina & Rio, Elsa y Elmar o Georgina, canciones que tenía en el reproductor del celular para canalizar esos sentimientos en los momentos de soledad que pintaban una sonrisa hermosa con sabor a ti, sonrisa que me recuerda mi enorme defecto para interrumpir cualquier magnifica historia que me estés contando para decir alguna tontada que pasa por mi mente porque parece que de un tiempo para acá se me han perdido los filtros de conversación contigo y sin el menor afán sonrió mientras me explicas que eso no está bien, sin saber que no me importa, porque para mí, después de todo, tu voz es como una suave canción. 

10 jul. 2016

Alguien.

Quiero a alguien que me estimule la mente, que no solo su cuerpo me seduzca, que me llene de curiosidad. Que sus ideas minen mis pensamientos y nos motiven a conversar sobre los temas más profundos y también los más superficiales.

Más que un cuerpo sexy y atractivo, que no es que rechace por completo, prefiero a alguien con pensamientos  y vida propia, sin miedo a que su forma de ver el mundo sea rechazada por los demás. Quiero a alguien con quien hablar hasta rayar el alba, o al menos no compartir silencios incómodos y aburridos momentos, quiero a una persona que no me lleve a la desesperación, a una persona que me muestre la locura de un mundo nuevo el cual puedo descubrir.


Mi última mirada.



Lo observaba desde el borde de la única silla de mi habitación, la misma que bien podría haber simbolizado mi cordura. 

Era una fotografía pésima. La luz no ayudaba; encandilaba a mirar y quemaba mis sentidos.

Él era el fuego que había comenzado a recorrer mi cuerpo. Una simple foto que no tenía mucho que mostrar pero si que despertar.

Despertaba mis más bajos instintos, mis más sublimes pasiones, me incitaba a profanar sus labios y otros horizontes, me hacía sentir casi salvaje. 

En un intento por controlar mi cordura lo saqué de la imagen y lo traje al mundo real, me senté en sus piernas y me dedique a besarlo como si de ello dependiera la vida, como si fuera la bocanada de oxígeno que tanto necesitaba luego de permanecer bajo el agua.
Me deshice de sus lentes de Clark Kent y del poco pudor que me quedaba mientras le quitaba la ropa, incluso la camisa de Superman que me estaba volviendo loca.
Mientras soñaba con sentir cada instante de mi vida y me hundía en mi agonía, la foto escapó de mis manos.
Desperté. Volví a la silla del cuarto donde me encontraba, esperando a que la luna llena menguara.  

UN AMOR A LA ANTIGUA



Love Story - Indila

Hace falta un amor de esos a la antigua.
Un amor de esos en los que el chico te recogía en la casa, te llevaba flores, chocolates, te enviaba cartas de amor aunque fuera cursi,   o un osito de peluche.
Donde te regalaban casetes con un mix de música y te subrayaban las que estaban dedicadas a ti.
Un amor de llamadas interminables con cuentos jamás contados o repetidos mil veces.
Con salidas a lugares extraordinarios y planes ingeniados, con visitas a los parques, a bailar despacio y con prisa, en medio de una calle,  olvidando que alguien más los mira.
Con oportunidades de hacer bobadas y ser románticos porque ahora todo eso se ha perdido, la gente va demasiado rápido y parecen temer llegar a amar.
Decir te amo no significa ya nada. Le dices “mi amor” a cualquier aparecido que conoces en la tienda de la esquina donde ayer conociste a tu último amante.
Ya nadie prepara café para compartirlo por toda la vida. Prefieren beberse de un trago  la noche y marcharse al otro día.
Hace un par de años conocí a alguien que me mostró esa forma de querer. La magia, las estrellas, el cielo de una forma tan pura e inocente como no se encuentra en la realidad.
En nuestra primera cita tuvimos una guerra de helado tan infantil y divertida que ahora no puedo creer que haya pasado.
Fuimos a cine y no pusimos atención porque la charla era mucho mejor.
El parque de diversiones aprendió sobre las risas que bailaron en nuestros corazones esa noche.
Todas las calles de la ciudad presenciaron nuestros tontos y locos pasos de baile y las zonas sociales nuestros toques con un par de guitarras acústicas y nuestras voces.
La mejor maratón fue ver dibujos animados en una tarde en la que íbamos a jugar básquet y empezó a llover.
Ninguno tuvo el menor temor de rehacer cada película romántica que veía por el mero placer de hacer tonterías.
Y eso es lo que falta en nuestros días, un amor de película, una realidad de espontánea  felicidad.
Una instantánea en la que todo sea constante, sin prisa, alocadamente lleno de vida, sin necesidad de estar en una relación.
Admitámoslo. Hace falta el amor, de esos de película, donde tú puedes hacer todo realidad.

30 abr. 2016

Hielo y Fuego



A sus besos le faltaban pasión, a sus caricias fuego, el fuego que a mí me sobraba y recorría mis venas, fuego que se desperdiciaba si estaba con él.
Él, que me llenaba de caricias suaves, dulces, tiernas, llenas de un amor infinito que podía palpar en el aire, que sentía al apenas tocarlo. Él, me hacía sentir como una princesa, como algo que realmente no era, como nunca me había sentido, él me hacía comportar como una versión demasiado buena de mí misma, demasiado falsa para ser real.
Yo estaba entre sus brazos, dejando que todo fuera, esperando a que algo surgiera, deseando sentir algo más, sin saber que esa era otra forma de sentir, una que hasta el momento no conocía, una forma calmada de dejarse amar.
Él, quien intentaba deshacerse de mi razón y conciencia, cada minuto lograba dar un paso adelante ganándome la partida, yo quien deseaba descubrir tantas partes de su geografía de formas tan distintas a los fríos métodos utilizados por él que me aburría de solo pensarlo y me desesperaba en vano al intentarlo.
Yo deseaba incendiar la lluvia, no quería helar el infierno, no tenía prisa pero deseaba ir más rápido, aunque él odiara el fuego eso era lo que yo anhelaba, el calor que me faltaba, el ingrediente a su receta la cual estuvo lista con el ultimo desbroche de mi vestuario y unos suaves dedos entre las montañas que no eran mis pechos.
 Pero aun así yo tenía mi conciencia, mi voluntad y mi razón, por otro lado mi corazón estaba en algún sitio guardado entre mis sueños pasados, me sentía culpable por sentir y desear algo que no podía esperar, culpable por jugar con el deseo de otra persona, porque eso hacia cada vez que me decía que no le temiera, como si se tratase de un monstruo, cosa imposible de pensar por mí.
Mi cordura me obligaba a apartarme mientras una parte de mí quería quemarse con el hielo que desprendía cada parte de su ser, porque sabía que de alguna forma él estaba ardiendo por dentro.
El hielo puede quemar tanto como el fuego, yo lo sabía en aquel momento en el que el agua empezó a invadir mi cuerpo para luego congelarme como si deseara ahogarme en el hielo, el hielo que raspaba mi cara y bajaba por mi cuello, la espalda helada también a la que le hacía círculos sin fin alguno mientras me apoyaba sobre el cuerpo helado más resistente al calor que ardía siempre en mí incesantemente, al que ya me había acostumbrado y que por primera vez tanto anhelaba, pero estaba dispuesta a hacerlo a un lado, a hacer a un lado mis gustos para descubrir nuevo caminos helado por el frio y los años.
Las olas del mar movían el barco de mi vida incesantemente excepto por aquel horrible sonido traído del infierno para devolverme a la realidad, el horrible sonido de un celular.

El hielo al que ya me estaba amoldando crujió como crujen los demonios al ser molestados, yo bufé como bufa la gente consciente que si se levanta su cordura no la dejara regresar, pero aun así lo hice, dejando un cuerpo más pálido que el mío atrás al que luego regresaría porque después de todo hasta el fuego puede acostumbrarse a las frías, incesantes y suaves caricias del hielo con la esperanza de que algún día experimente una forma más ardiente de amar.