28 ene. 2017

Allí otra vez


Allí otra vez, en el borde de la locura que rebosa mi alma me encuentro yo fantaseando contigo, con tus labios y los besos que no me has dado, con tus manos y las caricias que aún no se me han negado, con tus brazos y los abrazos que tanto he anhelado. Aquí estoy, dándole vueltas al jardín en el que tengo tu pedestal, girando sobre mí misma entre risas tontas mientras pienso en ti y observo la luna, la única testigo de mis sueños.
Dándole vueltas en la cama a esa idea extraña que tengo sobre tu mirada que guarda mi único secreto. Entre los apuntes de mis libros encontré una carta para ti que jamás te di. Entre los sueños me refugie pensando en ti.
Pensando en los kilómetros que nos distancian y los milímetros que nos unen, pensando que eres tan real como todos los personajes de ficción sobre los que he leído, posiblemente ya te habré idealizado cien mil veces más de las que he intentado contar tus defectos para no pensar demasiado en ti de la forma incorrecta, si es que hay una correcta forma para pensar.
Al borde de la locura en la que nada mi alma, me encuentro yo, recordándome que estoy sola en este barco, que todo lo he inventado, que tú, allá en un mundo lejano, no percibes ni la mitad de lo que siento, que esto es tan platónico como amar al mismísimo Eros.
Vivo soñando contigo e intento no decirlo, vives evadiendo mis preguntas y confundiéndome cada instante más, jugando en la cuerda floja en la que estoy por andar en las nubes como de costumbre, olvidándome de ver por donde camino, de ver por donde piso.
Le confesé que me gustaba, durante todo ese tiempo, juré que nunca me gustaría, pero lamentablemente también juré solemnemente que mis intenciones no eran buenas; Eros descendió del cielo para quitarme la flecha que hace tanto me había lanzado, alejándome un poco de aquella tortura diaria, de la comezón que tanto me molestaba. Repase con lentitud la cicatriz que la flecha me había dejado, la minúscula herida de amor que estaba en mi corazón por la cual se había metido su aroma hasta mis huesos. Ya había dejado de molestar, la cámara de los secretos se había abierto y aquel secreto se había evaporado de mi corazón y había volado no muy lejos, no tenía nada que temer, después de todo “no hay pecado en enamorarte de alguien” dijo alguna vez un cazador de dragones y corazones, y si lo llegaba a dudar ¿Alguna vez alguien ha visto un dragón?
Espere una respuesta que sabía que nunca llegaría, sonreí al comprobar cuan acertada estaba, agache la mirada mientras seguía de largo con menos peso, con el alivio de quien ha confesado sus más grandes demonios, con la tranquilidad de haber dicho la verdad me aleje para otórgame el espacio que necesitaba, para asimilar las ideas que inundaban mi cabeza, sin querer, pero queriendo, ignorando al mundo, aun así, a él, porque había mucho que pensar, además de las últimas palabras dichas.

Las horas habían pasado y podría jurar que por primera vez en un tiempo estaba en calma, una calma sentimental capaz de manejar el resto de las cosas demasiado bien, porque después de todo, descubrí que yo no esperaba una respuesta, solo quería manifestar un hecho que se había incrustado en mi pecho interrumpiendo mi respiración habitual, como una gran estaca que impide el flujo natural de la sangre, ahora solo estoy llena de tranquilidad y calma, tan liviana como una pluma; respire hondo y con una sonrisa respondí la última llamada de Eros mientras pensaba travesura, realizada. 

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