30 abr. 2016

Hielo y Fuego



A sus besos le faltaban pasión, a sus caricias fuego, el fuego que a mí me sobraba y recorría mis venas, fuego que se desperdiciaba si estaba con él.
Él, que me llenaba de caricias suaves, dulces, tiernas, llenas de un amor infinito que podía palpar en el aire, que sentía al apenas tocarlo. Él, me hacía sentir como una princesa, como algo que realmente no era, como nunca me había sentido, él me hacía comportar como una versión demasiado buena de mí misma, demasiado falsa para ser real.
Yo estaba entre sus brazos, dejando que todo fuera, esperando a que algo surgiera, deseando sentir algo más, sin saber que esa era otra forma de sentir, una que hasta el momento no conocía, una forma calmada de dejarse amar.
Él, quien intentaba deshacerse de mi razón y conciencia, cada minuto lograba dar un paso adelante ganándome la partida, yo quien deseaba descubrir tantas partes de su geografía de formas tan distintas a los fríos métodos utilizados por él que me aburría de solo pensarlo y me desesperaba en vano al intentarlo.
Yo deseaba incendiar la lluvia, no quería helar el infierno, no tenía prisa pero deseaba ir más rápido, aunque él odiara el fuego eso era lo que yo anhelaba, el calor que me faltaba, el ingrediente a su receta la cual estuvo lista con el ultimo desbroche de mi vestuario y unos suaves dedos entre las montañas que no eran mis pechos.
 Pero aun así yo tenía mi conciencia, mi voluntad y mi razón, por otro lado mi corazón estaba en algún sitio guardado entre mis sueños pasados, me sentía culpable por sentir y desear algo que no podía esperar, culpable por jugar con el deseo de otra persona, porque eso hacia cada vez que me decía que no le temiera, como si se tratase de un monstruo, cosa imposible de pensar por mí.
Mi cordura me obligaba a apartarme mientras una parte de mí quería quemarse con el hielo que desprendía cada parte de su ser, porque sabía que de alguna forma él estaba ardiendo por dentro.
El hielo puede quemar tanto como el fuego, yo lo sabía en aquel momento en el que el agua empezó a invadir mi cuerpo para luego congelarme como si deseara ahogarme en el hielo, el hielo que raspaba mi cara y bajaba por mi cuello, la espalda helada también a la que le hacía círculos sin fin alguno mientras me apoyaba sobre el cuerpo helado más resistente al calor que ardía siempre en mí incesantemente, al que ya me había acostumbrado y que por primera vez tanto anhelaba, pero estaba dispuesta a hacerlo a un lado, a hacer a un lado mis gustos para descubrir nuevo caminos helado por el frio y los años.
Las olas del mar movían el barco de mi vida incesantemente excepto por aquel horrible sonido traído del infierno para devolverme a la realidad, el horrible sonido de un celular.

El hielo al que ya me estaba amoldando crujió como crujen los demonios al ser molestados, yo bufé como bufa la gente consciente que si se levanta su cordura no la dejara regresar, pero aun así lo hice, dejando un cuerpo más pálido que el mío atrás al que luego regresaría porque después de todo hasta el fuego puede acostumbrarse a las frías, incesantes y suaves caricias del hielo con la esperanza de que algún día experimente una forma más ardiente de amar. 

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