10 jul. 2016

Mi última mirada.



Lo observaba desde el borde de la única silla de mi habitación, la misma que bien podría haber simbolizado mi cordura. 

Era una fotografía pésima. La luz no ayudaba; encandilaba a mirar y quemaba mis sentidos.

Él era el fuego que había comenzado a recorrer mi cuerpo. Una simple foto que no tenía mucho que mostrar pero si que despertar.

Despertaba mis más bajos instintos, mis más sublimes pasiones, me incitaba a profanar sus labios y otros horizontes, me hacía sentir casi salvaje. 

En un intento por controlar mi cordura lo saqué de la imagen y lo traje al mundo real, me senté en sus piernas y me dedique a besarlo como si de ello dependiera la vida, como si fuera la bocanada de oxígeno que tanto necesitaba luego de permanecer bajo el agua.
Me deshice de sus lentes de Clark Kent y del poco pudor que me quedaba mientras le quitaba la ropa, incluso la camisa de Superman que me estaba volviendo loca.
Mientras soñaba con sentir cada instante de mi vida y me hundía en mi agonía, la foto escapó de mis manos.
Desperté. Volví a la silla del cuarto donde me encontraba, esperando a que la luna llena menguara.  

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